LOA AL VESTIDO
¡Dichosos los ojos que pueden solazarse en los pliegues de una blusa o repasar plácidamente el corte de un traje! Y es que el verano se ha acabado y con él, el des-atuendo playero. Digamos adiós a tripas, muslámenes y cuerpos cachetudos que, con exasperante exhibicionismo, no hace ni dos días se ofrecían a nuestros ojos con tanta desenvoltura como falta de gusto. Porque hay quienes creen que en la playa entramos en una especie de anonimato semi-angelical que les permite presentarse al desnudo –o a pocos centímetros de tela de éste- y cuentan con que nuestra mirada, entonces, será límpida y benevolente. Pues que no olviden que el desnudo, en semejante contexto, se percibe antes como un voluntario des-vestirse que como la expresión más esencial del hombre. La utopía de pensar que la reacción adecuada debe ser la de la indiferencia, o incluso la de la admiración por tan esculturales formas –de darse el caso-, demuestra un escaso conocimiento de nuestra condición pedestre y poco dada a tan desinteresados pensamientos en la vida real.
Hay otros, también, que justifican su desvergüenza apelando al cambio de hábitat. ¿Y qué, que el éxodo de las masas hacia la costa permite olvidar toda norma de convivencia? Si todavía se tratase de una playa desierta... Pero es que resulta que lo normal es encontrarse con todo el patio de vecinos deambulando por los mismos lugares por los que lo hacemos nosotros, con unas pintas que van rompiendo espejos. No digamos nada, de aquél que se encuentra a su jefe en “menudos paños” y a su mujer cual impúdica Eva y debe saludarlos con antinatural naturalidad. Y aún me pregunto qué sentido tendrá entonces, para aquél que lo ha visto, encontrárselo un mes más tarde con impoluto traje de chaqueta, recobrando parte de la dignidad perdida. Además, es hecho constatable por la experiencia que, en una sociedad heterosexual como es en la que nos encontramos, el nudismo ante un colectivo favorece que se enturbien las relaciones interpersonales, ya que, si es un hombre el que se exhibe, las mujeres suelen sentirse incómodas, y los hombres lo miden. Si se trata de una mujer, ellas la miran generalmente con desconfianza, y los hombres, o la miran por lo que parece ofrecerles, o, en el mejor de los casos, no la miran, incómodos. Por esto digo que el nudismo, el top-lessismo, y otras formas de pocilguerismo-en tanto que apelan a los instintos que con estos animales compartimos-, merman la respetabilidad de las personas. Por eso, disfrutemos ahora de la temporada que entra, en la que volvemos a apostar por el vestido y lo que éste posibilita de elegancia, buen porte y mejora de la calidad en las relaciones humanas.
¡Dichosos los ojos que pueden solazarse en los pliegues de una blusa o repasar plácidamente el corte de un traje! Y es que el verano se ha acabado y con él, el des-atuendo playero. Digamos adiós a tripas, muslámenes y cuerpos cachetudos que, con exasperante exhibicionismo, no hace ni dos días se ofrecían a nuestros ojos con tanta desenvoltura como falta de gusto. Porque hay quienes creen que en la playa entramos en una especie de anonimato semi-angelical que les permite presentarse al desnudo –o a pocos centímetros de tela de éste- y cuentan con que nuestra mirada, entonces, será límpida y benevolente. Pues que no olviden que el desnudo, en semejante contexto, se percibe antes como un voluntario des-vestirse que como la expresión más esencial del hombre. La utopía de pensar que la reacción adecuada debe ser la de la indiferencia, o incluso la de la admiración por tan esculturales formas –de darse el caso-, demuestra un escaso conocimiento de nuestra condición pedestre y poco dada a tan desinteresados pensamientos en la vida real.
Hay otros, también, que justifican su desvergüenza apelando al cambio de hábitat. ¿Y qué, que el éxodo de las masas hacia la costa permite olvidar toda norma de convivencia? Si todavía se tratase de una playa desierta... Pero es que resulta que lo normal es encontrarse con todo el patio de vecinos deambulando por los mismos lugares por los que lo hacemos nosotros, con unas pintas que van rompiendo espejos. No digamos nada, de aquél que se encuentra a su jefe en “menudos paños” y a su mujer cual impúdica Eva y debe saludarlos con antinatural naturalidad. Y aún me pregunto qué sentido tendrá entonces, para aquél que lo ha visto, encontrárselo un mes más tarde con impoluto traje de chaqueta, recobrando parte de la dignidad perdida. Además, es hecho constatable por la experiencia que, en una sociedad heterosexual como es en la que nos encontramos, el nudismo ante un colectivo favorece que se enturbien las relaciones interpersonales, ya que, si es un hombre el que se exhibe, las mujeres suelen sentirse incómodas, y los hombres lo miden. Si se trata de una mujer, ellas la miran generalmente con desconfianza, y los hombres, o la miran por lo que parece ofrecerles, o, en el mejor de los casos, no la miran, incómodos. Por esto digo que el nudismo, el top-lessismo, y otras formas de pocilguerismo-en tanto que apelan a los instintos que con estos animales compartimos-, merman la respetabilidad de las personas. Por eso, disfrutemos ahora de la temporada que entra, en la que volvemos a apostar por el vestido y lo que éste posibilita de elegancia, buen porte y mejora de la calidad en las relaciones humanas.